CER UC

¿Por qué CER UC?

Las distintas circunstancias e iniciativas que han contribuido a la gestación de este Centro, tienen como fundamento algunas ideas que, de modo convergente, nos han hecho pensar en la necesidad de crear un Centro de Estudios de la Religión que proyecte e impulse actividades como las ya realizadas. Las exponemos a continuación.

Un primer antecedente que justifica la constitución de este Centro es la importancia de su propio objeto: la religión. En efecto, a lo largo de toda la historia, la religión se nos muestra como una dimensión antropológica fundamental de la existencia humana y de la cultura de los pueblos. En las diversas religiones, como afirmaba el Concilio Vaticano II, las personas buscan “respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer, conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre, cuál es el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el pecado, el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio, la sanción después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia donde nos dirigimos?” (Nostra aetate, n.1). Como lo ha expresado recientemente el Papa Francisco, necesitamos contemplar el hondo sentido religioso que habita en las luchas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, a fin de “lograr un diálogo como el que el Señor desarrolló con la samaritana, junto al pozo, donde ella buscaba saciar su sed (cf. Jn 4,7-26)”(Evangelii gaudium, n. 72).

Un segundo antecedente que justifica la constitución de este Centro lo ofrece también una experiencia secular, pero que hoy vuelve a ser particularmente apremiante, y que consiste en un creciente distanciamiento entre la fe religiosa y la razón, generándose así condiciones para “patologías que amenazan a la religión y a la razón” (Benedicto XVI, 12 Septiembre 2006). Como lo expresara el Papa Benedicto XVI, “la razón necesita siempre ser purificada por la fe […]. A su vez, la religión tiene siempre necesidad de ser purificada por la razón para mostrar su auténtico rostro humano. La ruptura de este diálogo comporta un coste muy gravoso para el desarrollo de la humanidad” (Caritas in veritate, n.56). La misma dinámica de la fe religiosa exige que esta sea examinada en la perspectiva de la caridad, de la esperanza y de la verdad. La religión no se justifica por su sola ocurrencia, menos aún por la sola pasión de sus convicciones; ella requiere ser discernida, a fin de que pueda efectivamente contribuir a la dignidad humana y a la comunión entre los pueblos. Tradicionalmente, ha existido una marcada convergencia entre la racionalidad pública, aceptable para todos, y las pretensiones de las diferentes religiones, que postulan la existencia de una entidad que trasciende lo que puede ser verificado empíricamente. De allí la necesidad de una reflexión metafísica tanto acerca de la razonabilidad de los postulados de las religiones, como de aquellos postulados que predominan en nuestras culturas.

Un tercer antecedente que concurre a la creación de este Centro lo reconocemos en el mismo carácter católico de la fe cristiana y, consecuentemente, de nuestra Universidad. En efecto, el ser “católico” no se establece como un distintivo excluyente de otras experiencias religiosas, ni como una autoafirmación displicente de formas de obrar y de vivir diversas a las nuestras. Por el contrario, el mismo ser “católico” nos impulsa a acoger “lo que en otras religiones hay de santo y verdadero” […] a considerar “con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que […] no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” (Nostra aetate, n.2). Es nuestra propia identidad católica la que nos exige pensar la religión más allá de las fronteras visibles de nuestra propia confesión religiosa, la que nos permite reconocer el amor incondicionado de Dios por todos los hombres, la que nos posibilita acoger con humildad la Verdad que nos transforma y conduce la historia hacia su plenitud, a fin de que Dios sea todo en todos (1 Cor 15,28; cf. Aparecida, N° 237).

Un cuarto antecedente que justifica la creación de un Centro de Estudios de la Religión lo constituye la misma riqueza y complejidad de la religión, que no permite que ella sea plenamente comprendida desde una sola mirada disciplinar, saber o ciencia. La religión no sólo ha sido objeto de la filosofía y de la teología, sino que también ha despertado el interés de la sociología y de la psicología, del arte y la literatura, de la historia y el derecho, de la arquitectura y de la educación, y de otros tantos saberes. Este interés no es un postulado epistemológico abstracto, sino que se ha expresado históricamente en la constitución y desarrollo de las mismas disciplinas científicas y, en particular en nuestra Universidad, se ha manifestado en una permanente práctica de investigación, docencia y extensión y, ahora, en este mismo interés por concurrir a la creación de un Centro interdisciplinario. De este modo, es la misma riqueza del fenómeno religioso la que exige la interdisciplinariedad y plantea el desafío de una auténtica integración del saber, a fin de que los distintos conocimientos sobre la religión se puedan reconocer en su unidad, se potencien y exijan mutuamente (Ex corde ecclesia, N° 16).

Un quinto antecedente que justifica la creación de un Centro de Estudios de la Religión en nuestra Universidad lo constituye el profundo proceso de cambios que hoy experimenta nuestra cultura y, en ella, el campo religioso. Los procesos de internacionalización y globalización han impactado no sólo a los mercados, sino que también las formas en que las personas se comprenden a sí mismas, se relacionan entre sí, con su entorno y, muy particularmente, con Dios. El campo religioso en América Latina y en Chile es una realidad dinámica que exige de categorías propias, enraizadas en nuestras propias tradiciones históricas, artísticas y culturales. La adopción y reiteración de conceptos teóricos elaborados en otros contextos culturales no es suficiente para entender la particularidad del hecho religioso en América Latina. En diálogo con otros Centros de Estudios de la Religión en el mundo, se hace necesario pensar nuestro propio campo religioso, para así aportar a la creación de nuevos conocimientos y, en definitiva, poder reconocer la novedad de la acción del Espíritu en medio nuestro.

Un sexto antecedente que justifica la constitución de este Centro se asocia al punto anterior y dice relación con el reconocimiento que hemos ido haciendo en América Latina del pluralismo religioso. Aunque vastos sectores de nuestro continente se sigan reconociendo como “católicos”, en muchos países ha habido un significativo avance del protestantismo, y son muchos los creyentes que declaran ya no adherir a ninguna religión. Al mismo tiempo, el progresivo reconocimiento de los pueblos originarios ha traído consigo una mayor visibilización de sus mitos, tradiciones religiosas y de sus espiritualidades. El campo religioso no admite ser comprendido como un todo homogéneo, ni siquiera el mismo “catolicismo”. La presencia de otras grandes religiones mundiales en nuestro continente contribuye también a este pluralismo religioso, que se hace necesario estudiar y entender.

Por último, un séptimo antecedente que a nuestro juicio justifica la creación de un Centro de Estudios de la Religión, lo constituye su dimensión ética y el impacto que ella tiene en la cultura, especialmente en su potencial de transformación social y de contribución al desarrollo, la justicia y la paz. En nuestro país, como también en otros países del continente, las mismas condiciones socio-políticas y económicas han impulsado a las confesiones cristianas y las demás religiones al encuentro y al diálogo, a fin de procurar la paz y el bienestar. Como lo ha expresado el Papa Francisco recientemente “el diálogo interreligioso es una condición necesaria para la paz en el mundo, y por lo tanto, es un deber para los cristianos así como para otras comunidades religiosas”(Evangelii gaudium, n.250). Pensamos que este deber, para una Universidad como la nuestra, implica contribuir más decididamente a ese diálogo de las religiones en vistas a la comunión entre los hombres, a la justicia y la paz.

 

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